Lo que llevamos debajo de los scrubs…
- Juan Colón García MD PGY-2

- Jul 9
- 7 min read

Autor: Dr. Juan Colon, MD PGY-3

Son las 6:45 de la mañana del primero de julio. Los scrubs todavía están recién planchados. El ID dice “Médico Residente”, aunque todavía cuesta creerlo. Revisas el celular por quinta vez, no porque estés esperando un mensaje o llamada, sino porque necesitas hacer algo con las manos mientras intentas convencerte de que estás listo. Respiras profundo, cruzas las puertas del hospital y, antes de que te dé tiempo a acomodarte, alguien te dice algo que llevas años soñando escuchar.
—Doctor, hay un paciente esperándolo.
Miras a tu alrededor, como si esperaras que hubiera otro doctor detrás de ti. Pero no lo hay. Esta vez eres tú. Y, sin pedir permiso, aparece un pensamiento que muy pocos se atreven admitir en voz alta: “¿Y si descubren que no sé?”
Si esa pregunta alguna vez te ha cruzado por la mente, déjame decirte algo que quizás nadie te ha dicho: probablemente estás sintiendo exactamente lo mismo que sintió prácticamente todos los médicos que hoy admiras. Ese “PGY-plus” que parece resolverlo todo con tranquilidad. El “attending” que entra al cuarto del paciente transmitiendo una seguridad casi absoluta. Incluso, ese director de departamento que lleva décadas ejerciendo la medicina. Todos, en algún momento, conocieron esa voz interior que les susurraba que no eran lo suficiente como para estar donde estaban.
La psicología conoce este fenómeno como el síndrome del impostor o, como algunos prefieren llamarlo, el fenómeno del impostor. Se caracteriza por la dificultad para reconocer los propios logros y por la sensación persistente de no ser tan competente como los demás creen. Aunque durante mucho tiempo se pensó que era un problema poco frecuente, hoy sabemos que ocurre mucho más frecuentemente de lo que pudiéramos pensar. Diversas revisiones sistemáticas han demostrado que una gran proporción de médicos experimenta estos sentimientos a lo largo de su carrera, independientemente de su nivel de entrenamiento o de sus años de experiencia. Curiosamente, estos sentimientos guardan poca relación con la capacidad real del profesional y más con la forma en que uno percibe sus propias expectativas y responsabilidades.
Más aún, esto no debería sorprendernos. La medicina rara vez reúne personas que son conformes con hacer las cosas “más o menos” bien. Por el contrario, suele atraer individuos profundamente comprometidos, exigentes consigo mismos y acostumbrados a perseguir la excelencia. Curiosamente, esa misma disciplina que nos permitió llegar hasta aquí también puede convertirse, paradójicamente, en la voz que nos hace creer que nunca estamos suficientemente preparados.
Y entonces comienza la residencia….
La residencia tiene una manera muy particular de enseñarnos humildad. Dejamos atrás los pacientes estandarizados, los casos de examen y las preguntas de selección múltiple para encontrarnos con personas reales que llegan al hospital en uno de los momentos más difíciles de sus vidas. De repente descubrimos que la medicina no consiste en recordar la respuesta correcta, sino en tomar la mejor decisión posible con la información disponible, muchas veces mientras el tiempo corre en nuestra contra.
En Medicina de Emergencias esa sensación suele amplificarse. Somos, por naturaleza, la especialidad de la incertidumbre. Rara vez recibimos un diagnóstico, recibimos síntomas. No conocemos el “cuento completo”; nos toca reconstruirla, pieza por pieza, mientras el board continúa llenándose, las ambulancias siguen llegando y el celular vuelve a sonar. Hay especialidades donde existe tiempo para tomar un respiro entre pacientes y decisiones. La nuestra, en cambio, nos pide pensar con rapidez, actuar con serenidad y aceptar que no siempre tendremos todas las respuestas antes de intervenir. No es extraño, entonces, que el síndrome del impostor encuentre terreno fértil precisamente allí donde la incertidumbre forma parte del trabajo cotidiano.
Sin embargo, hay algo que con los años he aprendido observando a mis colegas, “attendings” y mentores que admiro profundamente. La duda cambia, pero rara vez desaparece. El interno teme no saber lo suficiente para atender a su primer paciente. El PGY-2 comienza a preguntarse si está listo para atender a los pacientes críticos. El PGY-3 descubre el peso de liderar un equipo durante un código mientras se pregunta si está listo para supervisar a alguien más. El director de residencia siente la responsabilidad de servir como ejemplo para quienes vienen detrás. Y el “attending” todavía llega a su casa después de un turno preguntándose si tomó la mejor decisión para su paciente.
Tal vez el error más grande sea creer que la confianza aparece de repente el día que terminamos la residencia. La realidad suele ser mucho menos dramática y, al mismo tiempo, más aliviadora. La confianza no llega con un diploma. Se construye lentamente. Paciente por paciente. Error tras error. Y, sobre todo, entendiendo que la verdadera madurez profesional no consiste en dejar de hacer preguntas, sino en aprender cuáles son las preguntas correctas y tener la humildad suficiente para buscar ayuda cuando la situación lo requiere.
Existe una paradoja que siempre me ha llamado la atención. Con frecuencia, los médicos que más dudan de sí mismos son también quienes más estudian al terminar el turno, quienes revisan los casos que los hicieron dudar y quienes nunca dejan de preguntarse cómo pueden mejorar. Cuando lo miramos desde esa perspectiva, la duda deja de ser únicamente una carga y comienza a convertirse en un motor. No porque sea agradable sentirla, sino porque nos recuerda que todavía nos importa hacer las cosas bien. Porque el verdadero peligro no es cuestionarlo todo, sino dejar de cuestionarnos por completo.
Quizás por eso nunca me ha gustado pensar en el síndrome del impostor como una señal de debilidad. Claro está, cuando estos sentimientos se vuelven persistentes o comienzan a afectar la salud mental, el bienestar o el desempeño profesional, deben reconocerse y atenderse como cualquier otro problema que pueda afectar a un médico. Sin embargo, en su justa medida, la duda también puede ser una expresión de algo profundamente humano: entender el peso de la responsabilidad que hemos decidido asumir. Después de todo, cada decisión que tomamos tiene un nombre, un rostro y una familia esperando una respuesta. Sería ingenuo pensar que una responsabilidad como esa nunca nos haría cuestionarnos.
Con el tiempo también he aprendido que la medicina tiene una curiosa costumbre de mover constantemente ese “finish line”. Cuando somos estudiantes, pensamos que todo cambiará el día que recibamos el diploma. Como PGY-1, estamos convencidos de que los PGY-2 ya lo tienen bajo control. Los PGY-2 miran a los PGY-3 pensando exactamente lo mismo. Los PGY-3 imaginan que los “attendings” finalmente llegaron a ese lugar donde ya no existen las dudas. Y, sin embargo, basta conversar con médicos que llevan veinte o treinta años ejerciendo para descubrir que la incertidumbre nunca desaparece por completo; simplemente cambia las preguntas que nos hacemos.
Quizás ahí reside una de las mayores enseñanzas de esta profesión. La medicina no nos transforma porque un día despertemos sabiéndolo todo. Nos transforma porque, casi sin darnos cuenta, aprendemos a caminar de la mano de la incertidumbre sin permitir que esta nos paralice. Descubrimos que es posible sentir miedo y aun así entrar al cuarto del paciente. Que podemos reconocer que no tenemos todas las respuestas y, aun así, ser exactamente el médico que esa persona necesita en ese momento. La valentía, al igual que la confianza, nunca ha consistido en la ausencia de miedo; consiste en seguir adelante a pesar de él.
Nuestra especialidad tiene la extraordinaria responsabilidad de recibir al paciente antes de que alguien más haya organizado la historia. Nosotros conocemos el dolor antes del diagnóstico, la dificultad respiratoria antes del resultado de la radiografía, el dolor torácico antes de que el electrocardiograma confirme nuestras sospechas. Aprendemos a convivir con probabilidades, con diagnósticos diferenciales y con decisiones que muchas veces deben tomarse en minutos. Paradójicamente, esa incertidumbre que al principio tanto nos incomoda termina convirtiéndose en una de nuestras mayores fortalezas. No porque dejemos de sentirla, sino porque aprendemos a navegarla.
Y quizás esa sea la palabra correcta: “navegar”.
Nadie aprende a navegar leyendo únicamente sobre el mar. Hay conocimientos que solo aparecen cuando llega la primera tormenta. El primer turno donde nada sale como esperabas. El primer paciente crítico que te obliga a respirar profundo antes de entrar al cuarto. La primera vez que lideras un código. La primera conversación en la que debes explicar una mala noticia a una familia. Ninguna de esas experiencias es cómoda. Ninguna viene acompañada de la sensación de "ya estoy listo". Pero todas dejan algo que ningún libro puede enseñar.
Si eres uno de los miles de médicos que este primero de julio comienzan la residencia, quiero que recuerdes algo antes de entrar por esas puertas. Llegaste hasta aquí por méritos propios. Ningún comité de selección dedica meses revisando expedientes, leyendo cartas de recomendación y entrevistando candidatos para luego escoger, por accidente, a alguien que no pertenece. Te seleccionaron porque vieron en ti el potencial de convertirte en el médico que sus pacientes merecen. La residencia nunca ha tenido como propósito demostrar si eres suficiente. Su propósito siempre ha sido ayudarte a crecer, enseñarte a pensar como médico y acompañarte en el proceso de convertir ese potencial en experiencia.
Habrá días en los que saldrás del hospital convencido de que escogiste la profesión más hermosa del mundo. También habrá guardias en las que sentirás que olvidaste todo lo que estudiaste, que cada paciente parece más complejo que el anterior y que las preguntas son muchas más que las respuestas. Habrá errores que te enseñarán humildad, pacientes que jamás olvidarás y mentores que, con una sola conversación, cambiarán para siempre tu forma de ejercer la medicina. Todo eso forma parte del proceso.
No permitas que esa voz te convenza de que no perteneces aquí. La medicina nunca ha sido una profesión para quienes lo saben todo. Es una profesión para quienes tienen la humildad de seguir aprendiendo todos los días. Debajo de los scrubs llevamos dudas, pero también el carácter que esas mismas dudas ayudan a formar. Escúchala con humildad, pero no permitas que sea ella quien escriba tu historia.
Habrá mares tranquilos y habrá tormentas. Aprende de ambos. Porque, como solía recordarnos uno de mis mentores, «A calm sea never made a skilled sailor». Y un día, sin darte cuenta, mirarás hacia atrás y descubrirás que aquellas dudas que tanto te pesaban fueron, precisamente, las que te ayudaron a convertirte en el médico al que siempre aspiraste.



Comments