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Lo que cargamos después del código


Por: Juan Colón García, MD PGY-2


Como emergenciólogos, muchas veces nos encontramos con personas que están pasando por el peor día de sus vidas.


La sala de emergencias es la primera línea del hospital y de la salud pública: donde el caos llega sin aviso y tenemos que responder sin titubear. Paros cardíacos, crisis psiquiátricas, prognósticos devastadores, accidentes traumáticos y momentos de alivio suelen ocurrir dentro de un mismo día. Los que trabajamos en emergencias aprendemos a movernos en este caos constante, pasando de un paciente a otro, de una decisión crítica a otra, muchas veces sin detenernos — un ritmo que con el tiempo nos predispone al famoso “burnout”.


Dentro de este flujo y de la rutina ocurre algo menos visible, pero profundamente humano. Con el paso de los años, comenzamos a acostumbrarnos a experiencias que la mayoría de las personas solo viven pocas veces en su vida. La muerte se vuelve una presencia familiar. Las resucitaciones, a pesar de nuestros esfuerzos, no siempre terminan con éxito. Nos enfrentamos a la triste y difícil tarea de hablar con los familiares y, como si fuera normal, volvemos al trabajo.


Durante mi tiempo breve en esta especialidad, he comenzado a notar algo inquietante y a la vez sorprendente. A veces, momentos que para cualquiera fuera de la profesión médica serían incapacitantes, pueden sentirse casi rutinarios. Otro evento más dentro del ritmo del trabajo cuando hay pacientes esperando, otro más entrando por la puerta y otra alarma sonando en el monitor. La vida dentro de la sala sigue sin detenerse. Esta realización es la que nos obliga a hacernos una pregunta difícil: cuando la muerte y las situaciones difíciles se vuelven en algo cotidiano, ¿me estoy protegiendo del peso emocional o me estoy convirtiendo poco a poco en alguien que ya no siente como antes? La armadura emocional que desarrollamos para poder hacer este trabajo también tiene un precio. La mismas barreras que establecemos para protegernos en momentos difíciles pueden parecer que estamos perdiendo una parte de nuestra humanidad en el proceso.


La evidencia demuestra que los médicos presentan tasas de agotamiento significativamente más altas que la población en general. Estudios estiman que más del 50% de los médicos reportan síntomas de “burnout”, y en Medicina de Emergencia las cifras pueden alcanzar cerca del 60-65%, una de las tasas más altas entre todas las especialidades médicas. Además, la salud mental de los médicos, o falta de la misma, nos abre a riesgos particularmente serios. En los Estados Unidos se estima que entre 300 y 400 médicos mueren por suicidio cada año, aproximadamente uno por día – una tasa casi dos veces mayor que la de la población general. Estos números, aunque preocupantes por sí solos, tienden a llevar consigo un significado mayor cuando se traen a la luz algunos eventos recientes que pusieron a prueba a nuestra profesión de manera imprevista.


Durante la pandemia de COVID-19, estos riesgos se hicieron aún más evidentes. Profesionales de la salud enfrentaron niveles nunca antes vistos de estrés emocional. Las salas de emergencias se convirtieron en el primer punto de contacto de una crisis que puso a prueba los sistemas de salud a nivel mundial. Las salas enfrentaron volúmenes abrumadores de pacientes críticos con recursos limitados. Para muchos, los turnos fueron marcados por un número alarmante de muertes, muchas veces ocurriendo sin la presencia de sus familiares. Estudios realizados durante ese periodo reportaron que entre un 23% a un 46% del personal médico presentó síntomas de ansiedad, entre un 22% y un 50% síntomas depresivos, y más del 40% trastornos de sueño, reflejando un impacto profundo y sostenido de la pandemia sobre la salud mental de la población médica.


Por eso, en mayo, al celebrarse el mes de “Mental Health Awareness in healthcare”, vale la pena detenernos y reflexionar sobre lo que estas experiencias significan para aquellos que trabajan en la puerta de entrada de la medicina. La cultura médica históricamente ha promovido la resiliencia, el mantener la compostura y la capacidad de soportar niveles extraordinarios de estrés. Sin embargo, esto no debería significar cargar con esto en silencio.


Con el paso del tiempo, el tema de la salud mental en la medicina se ha vuelto más abierto, aunque el estigma aún persiste. Muchos profesionales sienten presión por parecer inquebrantables, por miedo a parecer débiles y destruir esa expectativa irreal de superhéroe. Crear una cultura donde médicos y trabajadores de la salud se sientan apoyados para reconocer estas dificultades es esencial — no sólo para nuestro bienestar, sino para nuestros pacientes. Todo comienza con algo sencillo: reconocer que quienes prosperan en medio del caos también cargan con pesos invisibles. Que después de que los monitores se callan y el cantazo de adrenalina se va, todavía hay un ser humano de pie en la sala de trauma tratando de procesar lo ocurrido.


Es precisamente en ese silencio — cuando todo se apaga y el ritmo baja – donde queda lo que no siempre vemos: el peso emocional de lo vivido, las preguntas que no tienen respuesta fácil y las huellas invisibles que cada turno deja en nosotros.


En medio de ese ritmo implacable, corremos el riesgo de acostumbrarnos demasiado — de normalizar lo extraordinario, de volvernos indiferentes ante lo que antes nos marcaba profundamente. Es ahí donde debemos hacer una pausa, aunque sea breve, para recordarnos algo esencial: que sentir no es debilidad, y que preservar nuestra humanidad no es opcional — es parte fundamental de lo que significa cuidar a otros.


Si usted o alguien que conoce en el área de la salud está batallando con su salud mental, recuerde que no está solo y que hay ayuda disponible. Puede comunicarse con la Línea PAS al 1-800-981-0023, o, alternativamente, a 988, donde se ofrece apoyo confidencial las 24 horas del día.


 
 
 

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